RADIOGRAFÍA CON ZAPATOS

lunes, 25 de junio de 2012


Una ciudad que se debate entre el desarrollo y la sostenibilidad.
Caminar la ciudad es conocerla, y por antonomasia a su sociedad. Acomodando el espejo retrovisor de la ciudad que avanza a paso firme con su “revolución del concreto”, me encontré caminando de la iglesia María Auxiliadora a Los Ejecutivos a plenas 10 de la mañana. Buscaba fotos para registrar el efecto que ha tenido el trazado de Transcaribe en los árboles del sector. Recordé los que ya no existen y miré con tristeza cómo el concepto de desarrollo en la ciudad no incluye a los árboles, las aves, los seres vivos.

El periplo inicia esquivando carros y motos que hacen maniobras prohibidas, mientras la gente instintivamente abre paso en los cruces destinados sólo para peatones, para que estos locos al volate eviten hacer el retorno. Los andenes de esa inerte avenida son utilizados como parqueadero, taller, zona de venta, de pintura, basurero, orinal e inevitablemente lugar de reposo para habitantes de la calle. El hermoso día soleado cobra por ventanilla y la temperatura aumenta, orquestada por las cornetas de los buses y esa particular rocola repleta de “Música urbana” que los muchachos de universidades cercanas se “vacilan” con una costeñita en la mano.

Pronto me veo caminando en la carretera para esquivar el inexpugnable parapeto de alguien, que vilmente ha ocupado (creyendo quizás que es suyo) todo el andén frente a su importante negocio de autopartes, dejando para el tránsito peatonal menos de un metro en un andén de casi cuatro metros. Que vaina tan jodida.
La gente busca la sombra, la que se puede encontrar. Infortunadamente la muerte me encontró a mí. El cadáver de un perro muerto yacía en la calle, en un basurero satélite, con una sonrisa burlona y siniestra; casi celebrando a posteriori su partida de ésta “vida de perro”. No obstante, los que aún quedamos en pié no podemos seguir asesinando a las demás especies con esos juguetes del progreso, como los carros o las motosierras (en el caso de los árboles) pues a este paso vamos a terminar comiendo oro, bebiendo petróleo y durmiendo sobre pavimento.

Parecía que ya todo terminaba en sudor y lágrimas, no obstante un tumulto al lado del Colegio Departamental le aportaría la sangre a este recorrido. Estudiantes se aglomeraban mientras personas con palos explicaban a los policiales recién llegados lo que había pasado. Una turista europea caminaba por el sector y un par de malhechores la abordaron para despojarla de su bolso, ella opuso resistencia y en el forcejeo cayó al piso abriéndose la cabeza y lacerándose las rodillas. Su piel y su vestido blanco contrastaban con el rojo vivo de la sangre que corría. Los infantes comentaban acaloradamente lo sucedido mientras la ayudaban a levantar. La primera pregunta que me surgió fue ¿Qué hacía ella caminando por aquí? Sin embargo la pregunta más que una respuesta me desgarró una reflexión. Acaso los espacios turísticos en Cartagena deben ser reducidos al centro y Bocagrande; qué tiene de raro que una turista quiera conocer a Cartagena en toda su dimensión. Sin duda lo hizo, miró de frente el rostro de la delincuencia, o quizás la falta de oportunidades de una juventud desperdiciada y ociosa.

Con el ánimo maltrecho y con los ojos abiertos para no ser el “pagapato” del robo frustrado, continué camino mientras me preguntaba quien tenía la culpa. ¿Es la inequidad, la discriminación, la falta de oportunidades? Una de las desventajas de la ciudad es que jamás ha estado preparada para serlo, su infraestructura es deficiente, la miseria agobia a miles de familias y la falta de gobernantes comprometidos con un cambio estructural ha mantenido en un retraso que los cartageneros parecen no aceptar. El mayor capital de la ciudad es su gente, alegre, generosa y acogedora, sin embargo parecería que eso tampoco se incluye en los planes de gobierno. Cartagena no es para el Cartagenero.

Una mototaxi veloz me devuelve a la realidad, ni siquiera en la cebra se está seguro. Estas acciones y actitudes aparentemente normales y del diario vivir cartagenero demuestran que no estamos entrenados para ejercer nuestra ciudadanía de manera seria y responsable. El mal uso del voto, el silencio cómplice al ver el maltrato a un animal, a una mujer o a un ser vivo; la falta de compromiso con la ciudad y su desarrollo sostenible reflejan la triste realidad, crecimos sin dios ni ley, y si no me creen, miren en sus barrios.

Cartagena de Indias es una ciudad mágica, por ende la futura urbe deberá brindar mejores condiciones de vida a sus habitantes, teniendo en cuenta las maneras de vivir de nuestra gente y su idiosincrasia para que no siga siendo necesario exportar modelos que no son sustentables si se piensan para la ciudad. La responsabilidad empresarial también deberá empezar a fortalecerse para que los efectos colaterales de las intervenciones al medio ambiente no dejen un impacto tan severo en la ya calcínante “ciudad inmóvil”.

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